Jacinta dejó el relicario sobre la mesa como si quemara

No nos volvimos ricos.

Tampoco nos hizo falta.

Nos casamos la primavera siguiente.

Esta vez no hubo fiesta enorme.

Lucía no quería otra boda organizada para satisfacer a todo el pueblo.

Invitamos únicamente a las personas que habían estado cerca durante los meses difíciles.

Jacinta ocupó la última banca de la iglesia.

El padre Esteban ofició la ceremonia.

Mi madre lloró desde antes de que comenzara.

Lucía mandó hacer un vestido sencillo.

De su primer vestido, aquel que había quedado roto y lleno de lodo en el bosque, rescató una pequeña pieza de encaje.

La costurera la colocó en una de las mangas.

—¿No te trae malos recuerdos? —le pregunté.

Lucía acarició el encaje.

—No quiero borrar a la mujer que sobrevivió aquella noche. Quiero llevarla conmigo.

Cuando llegó el momento de colocarle el anillo, mis manos temblaron.

Lucía sonrió.

—¿Estás nervioso?

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