Jacinta dejó el relicario sobre la mesa como si quemara

—La primera vez que intenté casarme contigo desapareciste.

Me dio un pequeño golpe en el brazo.

—No desaparecí. Ya sabes eso.

—Lo sé.

Y después dije las dos palabras que habían cambiado nuestra historia meses atrás.

—Te creo.

Lucía dejó de sonreír por un instante.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Por eso estoy aquí.

Al año siguiente nació nuestra hija.

Mi madre quiso llamarla Elena.

Lucía aceptó.

Cuando Carmen sostuvo a la niña por primera vez, lloró tanto que Jacinta bromeó diciendo que iba a inundar la casa antes de que llegaran las lluvias.

Nuestra vida nunca volvió a ser exactamente tranquila.

Las vidas reales no funcionan así.

Hubo problemas en el molino.

Años malos para la manzana.

Clientes que dejaron de pagarme.

Discusiones por dinero.

Noches en las que Lucía despertaba después de soñar que seguía encerrada en aquella bodega.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *