Daniel respiró al otro lado de la línea.
—Mamá, lo siento.
Miré la llave que había dejado sobre la mesa junto a mi bolsa.
La misma llave que había guardado al salir.
—¿Por qué lo sientes?
Él tardó demasiado en responder.
—Por esta noche.
—No me fui por una noche, Daniel.
Hubo otra pausa.
—Me fui por tres años.
Emily dijo algo detrás de él que no alcancé a entender.
Después escuché a Daniel caminar.
Una puerta se cerró.
—Yo no me di cuenta —dijo.
—Sí te diste cuenta.
No elevé la voz.
—Cada vez que tu esposa me pedía algo y tú mirabas hacia otro lado, te dabas cuenta. Cada vez que yo me quedaba con los niños mientras ustedes salían, te dabas cuenta. Cada vez que me llamaban para limpiar algo que podían limpiar ustedes mismos, te dabas cuenta.
Daniel intentó responder.
—Mamá…
—Lo que no hiciste fue pensar que algún día yo podía irme.
Eso era distinto.
Y ambos lo sabíamos.
Daniel preguntó si podía verme al día siguiente.
Acepté, pero con una condición.
—Vienes solo.
—Está bien.
—Y no vengas a convencerme de regresar.
Hubo unos segundos de silencio.
—Entonces, ¿para qué quieres que vaya?
—Para hablar como hijo y madre. No como dueño de una casa y la mujer que te dobla la ropa.
A la mañana siguiente llegó temprano.
Traía los mismos documentos dentro del sobre de papel manila.
Yo había dormido poco, pero por primera vez en mucho tiempo había despertado sin pensar qué desayuno debía preparar para cinco personas.
Nos sentamos frente a frente en una mesa pequeña.
Daniel colocó el sobre entre nosotros.
—Quiero entender qué vas a hacer con la casa.
No me sorprendió la pregunta.
Había imaginado que llegaría tarde o temprano.
—Antes quiero saber qué entiendes tú.
Daniel se pasó una mano por el cabello.
—Que sigues teniendo derechos sobre ella.
—Eso dicen los documentos.
—Emily está asustada.
—¿Y tú?
Daniel miró el sobre.
—También.
Asentí.
No quería verlo asustado.
Seguía siendo mi hijo.
Pero protegerlo de todas las consecuencias era precisamente una de las razones por las que habíamos terminado en aquella situación.
—No quiero dejar a mis nietos sin casa —dije.
Daniel levantó la mirada rápidamente.