—¿Dónde está Mariana? —pregunté, tragando saliva con dificultad.
—Aún está en el departamento del centro, pero Lucas ya tiene los boletos para moverla mañana a primera hora fuera del estado. Si sube a ese avión privado, nunca más volveré a ver a mi hermana con vida.
Apreté los párpados con fuerza, sintiendo cómo el miedo primitivo comenzaba a transformarse en una furia fría y calculadora. Lucas había pensado en todo: en culpar a una supuesta infidelidad para que yo firmara el divorcio rápido y humillada, en quedarse con el patrimonio que construí durante diez años de carrera y en usar a una muchacha vulnerable como mercancía para salvar su propio pellejo.
—Grace —dije, levantando la vista hacia la puerta cerrada del estudio—. Tú quieres a tu hermana a salvo. Yo quiero a ese monstruo tras las rejas y lejos de mi vida.