Lloré en los brazos de mi marido en el aeropuerto mientras él embarcaba en lo que, según él, era una asignación laboral de dos años en Zúrich.

—¿Dónde está Mariana? —pregunté, tragando saliva con dificultad.

—Aún está en el departamento del centro, pero Lucas ya tiene los boletos para moverla mañana a primera hora fuera del estado. Si sube a ese avión privado, nunca más volveré a ver a mi hermana con vida.

Apreté los párpados con fuerza, sintiendo cómo el miedo primitivo comenzaba a transformarse en una furia fría y calculadora. Lucas había pensado en todo: en culpar a una supuesta infidelidad para que yo firmara el divorcio rápido y humillada, en quedarse con el patrimonio que construí durante diez años de carrera y en usar a una muchacha vulnerable como mercancía para salvar su propio pellejo.

—Grace —dije, levantando la vista hacia la puerta cerrada del estudio—. Tú quieres a tu hermana a salvo. Yo quiero a ese monstruo tras las rejas y lejos de mi vida.

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