Lloré en los brazos de mi marido en el aeropuerto mientras él embarcaba en lo que, según él, era una asignación laboral de dos años en Zúrich.

—Lo está haciendo —sentenció Grace con firmeza—. Y la razón por la que te advertí que no tocaras el dinero de la cuenta mancomunada es muy simple: si retiras un solo peso antes de mañana al mediodía, el sistema emitirá una alerta automática a los socios de Lucas. Pensarán que él intentó traicionarlos antes de liquidar el saldo del contrato. Y si ellos creen eso, no van a ir tras él a su oficina. Van a venir por ti a esa casa, porque para ellos tú eres la garantía física de la deuda.

El silencio volvió a inundar el estudio, roto únicamente por el tictac del reloj en la pared, que ahora sonaba como la cuenta regresiva de una bomba. Miré la pantalla de mi computadora: la página del banco seguía abierta, con el cursor parpadeando sobre el botón de «Confirmar transferencia total a cuenta personal». Si hubiera dado clic tres minutos antes, como planeaba antes de que entrara el mensaje, ya habría firmado mi propia sentencia.

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