Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

—¿Ustedes están juntos?

Lucía se tensó.

Andrés respondió:

—Estamos tratando de entender qué somos.

Mariana soltó una risa seca.

—Claro. Ni un año y ya encontraste reemplazo.

—Tú pediste el divorcio cuando yo llevaba tres días hospitalizado.

—¡Eso no te da derecho a meterte con mi hermana!

Lucía dio un paso al frente.

—No pasó nada mientras estaban casados. Yo lo ayudé porque tú lo dejaste solo.

—Siempre quisiste demostrar que eras mejor que yo.

—No. Tú convertiste la compasión en una competencia.

Mariana tomó su bolso. Antes de salir, miró a Andrés.

—Ella te quiere porque te necesita roto. Cuando estés bien, se le va a pasar.

La puerta se cerró.

Andrés se sentó.

—Tal vez tenga razón.

—No la tiene.

—Me conociste en mi peor momento.

Lucía se agachó frente a él para quedar a la altura de sus ojos.

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