Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

—Yo no me enamoré de tus fracturas. Me enamoré del hombre que intentaba hacerme reír aunque no podía levantarse. Del que empezó a lavar platos sentado porque no soportaba verme hacer todo. Del que volvió a ponerse de pie cuando había días en que ni él creía que pudiera. Si mañana caminas sin bastón, me da igual. Si vuelves a necesitar muletas, también.

Andrés bajó la mirada.

—No quiero que crean que le quitaste el marido a tu hermana.

—Mi hermana te dejó. Yo no te quité de ningún lado.

Aun así, decidieron no apresurarse. Andrés necesitaba procesar el abandono y Lucía quería estar segura de que lo suyo no nacía sólo de la necesidad de cuidar. Fueron a terapia por separado y pasaron varios meses antes de llamarse pareja.

Mientras tanto, Andrés buscó una manera de volver a trabajar.

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