Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

—¿Qué haces aquí?

Mariana miró por encima de su hombro y vio a Andrés de pie, apoyado en un bastón.

No esperaba encontrarlo así.

—Veo que mejoraste.

Andrés no contestó.

Mariana entró.

—La venta de la casa se cerró hace meses, pero el banco hizo una devolución de un seguro asociado al crédito. Hay una cantidad que corresponde a Andrés. El cheque llegó a mi domicilio anterior y necesito que firme de recibido.

La cifra era suficiente para varios meses de terapia y para iniciar algo pequeño por su cuenta.

Andrés leyó el documento y firmó.

No reclamó.

No le recordó el hospital.

No le preguntó por qué aparecía sólo porque un papel la obligaba.

Esa calma irritó a Mariana más que un insulto.

Entonces vio dos platos en la mesa, dos tazas, la chamarra de Andrés junto a la de Lucía.

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