Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Con el dinero del reembolso pagó cursos de diagnóstico automotriz y electricidad. Su experiencia con motores hizo el resto. Comenzó revisando autos de vecinos: baterías, alternadores, fallas eléctricas, escáner y mantenimiento básico.

Al principio cobraba poco.

Después llegaron las recomendaciones.

Un taller de Tlaquepaque empezó a mandarle servicios a domicilio y, dos años después del accidente, Andrés compró una camioneta usada. En la puerta puso un rótulo sencillo: “Servicio móvil Hernández”.

No se volvió millonario.

No recuperó por completo la movilidad.

Seguía cojeando cuando hacía frío y había días en que la cadera no le permitía trabajar.

Pero pagaba sus gastos, aportaba en casa y había dejado de verse como un hombre roto.

Lucía también atravesó su propia caída. La clínica finalmente recortó personal y estuvo tres meses sin empleo. Por primera vez fue Andrés quien cubrió la mayor parte de los gastos.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *