Con el dinero del reembolso pagó cursos de diagnóstico automotriz y electricidad. Su experiencia con motores hizo el resto. Comenzó revisando autos de vecinos: baterías, alternadores, fallas eléctricas, escáner y mantenimiento básico.
Al principio cobraba poco.
Después llegaron las recomendaciones.
Un taller de Tlaquepaque empezó a mandarle servicios a domicilio y, dos años después del accidente, Andrés compró una camioneta usada. En la puerta puso un rótulo sencillo: “Servicio móvil Hernández”.
No se volvió millonario.
No recuperó por completo la movilidad.
Seguía cojeando cuando hacía frío y había días en que la cadera no le permitía trabajar.
Pero pagaba sus gastos, aportaba en casa y había dejado de verse como un hombre roto.
Lucía también atravesó su propia caída. La clínica finalmente recortó personal y estuvo tres meses sin empleo. Por primera vez fue Andrés quien cubrió la mayor parte de los gastos.