Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Una noche, mientras revisaban cuentas en la cocina, él sacó una caja pequeña.

—No te doy este anillo porque me cuidaste —dijo—. Ni porque te deba algo. Te lo doy porque quiero construir contigo lo que venga, aunque sea lento y aunque tengamos que contar cada peso.

Lucía sonrió llorando.

—¿Eso fue un sí? —preguntó él.

—Sí, tonto.

Se casaron por lo civil meses después, con pocos invitados. La madre de ambas asistió, aunque le costó aceptar la relación. Algunos familiares murmuraron. Otros dejaron de hablarles.

Mariana no fue.

La boda fue sencilla: una comida familiar en un restaurante de Tlaquepaque, música baja y una mesa llena de gente que había acompañado la rehabilitación. Andrés caminó hasta Lucía sin ayuda durante unos metros y luego tomó su bastón, sin vergüenza. Para ambos, ese gesto valía más que cualquier fotografía perfecta.

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