Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Mariana dejó los papeles sobre la mesa.

—Aquí está la solicitud de divorcio. Si firmas, será más rápido.

Andrés la miró incrédulo.

—¿Ahora?

—No quiero pasar los próximos años pagando terapias, bañándote y fingiendo que esto no cambió nuestra vida.

Lucía se levantó.

—¡Es tu esposo!

—Era mi esposo cuando éramos una pareja. Esto ya no es una pareja.

Andrés cerró los ojos. Lo peor no era el dolor físico, sino escuchar a la mujer con la que había compartido once años describirlo como una deuda.

Dos días después, Mariana regresó con otro documento. La indemnización del accidente sería insuficiente y la casa seguía hipotecada. Propuso venderla y usar la parte de Andrés para pagar tratamientos.

Lucía pidió esperar a que estuviera menos medicado. Mariana se negó.

—Cada día cuesta dinero.

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