Mariana dejó los papeles sobre la mesa.
—Aquí está la solicitud de divorcio. Si firmas, será más rápido.
Andrés la miró incrédulo.
—¿Ahora?
—No quiero pasar los próximos años pagando terapias, bañándote y fingiendo que esto no cambió nuestra vida.
Lucía se levantó.
—¡Es tu esposo!
—Era mi esposo cuando éramos una pareja. Esto ya no es una pareja.
Andrés cerró los ojos. Lo peor no era el dolor físico, sino escuchar a la mujer con la que había compartido once años describirlo como una deuda.
Dos días después, Mariana regresó con otro documento. La indemnización del accidente sería insuficiente y la casa seguía hipotecada. Propuso venderla y usar la parte de Andrés para pagar tratamientos.
Lucía pidió esperar a que estuviera menos medicado. Mariana se negó.
—Cada día cuesta dinero.