Un trabajador social frenó la firma al notar que Andrés estaba sedado. Mariana salió furiosa.
—Si tanto te preocupa, llévatelo tú —le dijo a Lucía.
—Si hace falta, lo haré.
Mariana sonrió con desprecio.
—Perfecto. Quédate con él. Siempre te gustó rescatar gente rota.
Andrés escuchó desde la cama.
—No soy una cosa rota.
Mariana giró hacia él.
—Eres una responsabilidad que yo ya no voy a cargar.
El divorcio avanzó durante los meses siguientes. Con asesoría independiente, Andrés evitó perder todo, pero aceptó vender la casa porque necesitaba dinero para rehabilitación. Mariana se mudó a un departamento nuevo en Providencia y dejó de llamar.
Lucía cumplió su palabra.
Lo llevó a su pequeño departamento de Tlaquepaque.
Lucía adaptó como pudo el departamento. Movió muebles, consiguió una silla para la regadera y pidió prestadas unas barras de apoyo. Dormía poco: trabajaba de día y por la tarde repetía con Andrés ejercicios que él odiaba. Algunas noches discutían. Él le pedía que lo llevara a una residencia temporal porque no quería arruinarle la vida. Lucía respondía que ayudarlo era decisión suya, no una deuda.