Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Tres meses después logró ponerse de pie.

Cinco meses después caminó seis pasos con muletas.

A los ocho meses ya preparaba café sentado frente a la barra y ayudaba con lo que podía.

Casi al cumplirse un año, Lucía llegó llorando porque en su clínica preparaban recortes. Andrés, apoyado en un bastón, puso una mano sobre su hombro.

—Si te quedas sin trabajo, saldremos adelante juntos.

—Mira quién habla —dijo ella entre lágrimas.

Rieron. Después se quedaron mirándose demasiado tiempo.

Andrés la besó.

Fue breve, torpe y lleno de culpa.

Lucía no se apartó.

Antes de que pudieran hablar, tocaron la puerta.

Era Mariana.

No había visitado a ninguno desde el divorcio.

Y venía con una noticia que podía volver a romperlos.

PARTE 3

Mariana estaba impecable, con un traje beige y una carpeta bajo el brazo. Cuando Lucía abrió la puerta, tardó unos segundos en reaccionar.

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