Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

También estableció una regla: no hablar mal de Mariana durante las terapias. Andrés necesitaba recuperarse, no vivir alimentando resentimiento. Esa disciplina terminó siendo tan importante como los ejercicios. Poco a poco dejó de esperar una llamada de su exesposa y empezó a concentrarse en lo que todavía podía hacer.

Los primeros meses fueron brutales. Andrés necesitaba ayuda para levantarse, bañarse y vestirse. Sufría espasmos, insomnio y días de desesperación.

—Mariana tenía razón. Soy una carga —repetía.

—Estás herido. No es lo mismo —respondía Lucía.

Como fisioterapeuta, ella convirtió cada día en una rutina de ejercicios, estiramientos y pequeños objetivos. Cuando Andrés tiraba las muletas y decía que no podía más, Lucía esperaba diez minutos y volvía a colocárselas enfrente.

—No pienso dejar que tú también te abandones.

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