También estableció una regla: no hablar mal de Mariana durante las terapias. Andrés necesitaba recuperarse, no vivir alimentando resentimiento. Esa disciplina terminó siendo tan importante como los ejercicios. Poco a poco dejó de esperar una llamada de su exesposa y empezó a concentrarse en lo que todavía podía hacer.
Los primeros meses fueron brutales. Andrés necesitaba ayuda para levantarse, bañarse y vestirse. Sufría espasmos, insomnio y días de desesperación.
—Mariana tenía razón. Soy una carga —repetía.
—Estás herido. No es lo mismo —respondía Lucía.
Como fisioterapeuta, ella convirtió cada día en una rutina de ejercicios, estiramientos y pequeños objetivos. Cuando Andrés tiraba las muletas y decía que no podía más, Lucía esperaba diez minutos y volvía a colocárselas enfrente.
—No pienso dejar que tú también te abandones.