Yo reorganizé los míos.
También comenzamos a preguntarle a nuestro hijo qué cosas podía hacer ya por sí mismo, en lugar de anticiparnos a todo.
Su rehabilitación no cambió mágicamente.
Seguía siendo difícil.
Seguía habiendo días malos.
Seguía necesitando ayuda.
La diferencia era que esa ayuda dejó de depender de una muchacha de su edad que había puesto su propia vida en pausa.
Ella no volvió al hospital esa tarde.
Tampoco al día siguiente.
Y aunque mi hijo intentó actuar como si no le importara, noté que cada vez que se abría la puerta levantaba la cabeza.
El tercer día preguntó si yo sabía algo de ella.
«No», respondí.
«¿No le escribiste?»
«No.»
Pareció sorprendido.
«Pensé que lo harías.»
«Yo también tengo algo que corregir.»
Se quedó mirándome.
Le expliqué que, aunque nunca había querido hacerle daño, yo también había convertido la presencia de ella en algo cómodo.