Eso dejó de parecerme una tragedia.
Porque durante aquellos dos meses todos habíamos confundido quedarse con amar, sacrificarse con deber y necesitar a alguien con tener derecho a retenerlo.
El día que finalmente nos llevamos a mi hijo a casa, recogí sus cosas de la habitación.
Había ropa, papeles de rehabilitación, cargadores y varias botellas de agua a medio terminar.
Al final quedó la silla.
Esa silla donde ella había dormido doblada noche tras noche.
Mi esposo tomó la cobija que todavía guardábamos y me preguntó si quería llevarla.
Le dije que sí.
No como recuerdo de una novia perfecta que se sacrificó por nuestro hijo.
Tampoco como recuerdo de lo que él había hecho mal.
La llevé porque durante mucho tiempo aquella cobija había significado para mí que alguien más se quedaría cuando yo no pudiera hacerlo.