Lo vi en su cara.
Durante unos segundos volvió a aparecer el enojo que había mostrado tantas veces desde el accidente.
«No sabes lo que se siente estar aquí.»
«No.»
«No sabes lo que se siente necesitar ayuda para levantarte.»
«No.»
«No sabes lo que se siente que todos sigan con sus vidas mientras tú estás atorado.»
«Tampoco.»
Se quedó esperando que discutiera.
No lo hice.
«Pero sí sé que estar herido no te da derecho a pedirle a otra persona que se quede atorada contigo.»
Apartó la vista.
Por primera vez desde que comenzó aquella conversación, dejó de defenderse.
Pasaron varios segundos.
Luego dijo algo que me cambió otra vez la manera de entender los últimos dos meses.
«Pensé que si se quedaba suficiente tiempo, íbamos a volver.»
No contesté.
«Al principio no», continuó. «Al principio solo estaba agradecido de que estuviera aquí. Pero después empezó a sentirse como antes. Ella llegaba. Comíamos juntos. Me ayudaba con los ejercicios. Veíamos cosas en el teléfono. Hablábamos.»