Tomé una fotografía de la nota.
Mi dedo quedó sobre el botón de publicar.
Entonces entendí lo que estaba haciendo.
Alicia me había dejado palabras privadas.
Y yo estaba a punto de entregárselas a miles de desconocidos para salvar mi reputación.
Apagué el teléfono.
No publiqué nada.
Pero el silencio tuvo un precio.
Una semana después, mientras acomodaba cajas en la ferretería de mi padre porque el hospital había suspendido mi sueldo, recibí un correo de la comisión investigadora.
La audiencia final ya tenía fecha.
Y entre los documentos que iban a revisar aparecía una nueva declaración.
La había enviado Nora.
Parte 3
No pude abrir aquel archivo durante varios minutos.
Pensé que Nora habría presentado nuevas acusaciones.
Mi padre estaba colocando focos en un estante cuando me vio sentado detrás del mostrador.
“¿Malas noticias?”