Me casé con mi paciente cuando los médicos dijeron que solo le quedaban 3 días de vida. Después del funeral, su hermana me entregó una caja y susurró: “Ella quería que la abrieras cuando ya no estuviera”. Dentro había una carta legal y 1.780.000 pesos a mi nombre. Cuando vio la cifra, dejó de verme como quien cumplió su último deseo y hizo una acusación que podía acabar con mi carrera.

“No sé.”

“Entonces ábrelo antes de inventarte unas peores.”

Lo abrí.

Nora no había retirado la denuncia.

Tampoco se había disculpado.

Había escrito que seguía considerando inapropiado que yo hubiera aceptado casarme con Alicia.

Pero también había incluido algo distinto.

Afirmaba que ella misma había ayudado a preparar la ceremonia.

Que sabía que no existía una relación romántica entre Alicia y yo.

Y que nunca me había oído hablar de la herencia antes del funeral.

Me quedé mirando la pantalla.

No era suficiente para absolverme.

Pero era la primera vez que Nora separaba lo que sabía de lo que sospechaba.

La llamé.

“Gracias.”

“No te estoy defendiendo.”

“Lo sé.”

“Y sigo creyendo que no debiste hacerlo.”

“Yo también.”

Hubo silencio.

“¿Qué?”

“Que no debí casarme con ella.”

Nora tardó varios segundos en responder.

“Entonces ¿por qué lo hiciste?”

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