Me casé con mi paciente cuando los médicos dijeron que solo le quedaban 3 días de vida. Después del funeral, su hermana me entregó una caja y susurró: “Ella quería que la abrieras cuando ya no estuviera”. Dentro había una carta legal y 1.780.000 pesos a mi nombre. Cuando vio la cifra, dejó de verme como quien cumplió su último deseo y hizo una acusación que podía acabar con mi carrera.

Debajo había dibujado una cara sonriente.

Lloré.

Pero no cambié mi decisión.

Durante la investigación escribí una declaración para el hospital.

En el primer borrador puse:

“Alicia insistió en casarse conmigo.”

Me quedé mirando esa frase.

Luego la borré.

Alicia no me había obligado.

Ella pidió.

Yo acepté.

Era mucho más incómodo escribirlo así, porque eliminaba la excusa que llevaba días construyendo.

Presenté la declaración completa.

Dos días después, Nora publicó una fotografía de la boda.

Alicia con su pañuelo blanco.

Yo junto a ella.

Debajo escribió:

“Este médico se aprovechó de mi hermana mientras agonizaba y terminó heredando el dinero de nuestra abuela.”

En pocas horas empezaron a compartirla.

Compañeros de universidad me escribieron.

Un antiguo profesor llamó a mis padres.

Incluso pensé en publicar la carta de Alicia para demostrar que ella había decidido dejarme aquel dinero.

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