Me casé con mi paciente cuando los médicos dijeron que solo le quedaban 3 días de vida. Después del funeral, su hermana me entregó una caja y susurró: “Ella quería que la abrieras cuando ya no estuviera”. Dentro había una carta legal y 1.780.000 pesos a mi nombre. Cuando vio la cifra, dejó de verme como quien cumplió su último deseo y hizo una acusación que podía acabar con mi carrera.

“Eso es todo.”

Nora empezó a llorar.

“¿Sabes qué fue lo peor?”

Negué con la cabeza.

“Durante unos días pensé que había ayudado a un hombre a aprovecharse de mi hermana.”

Miró el pañuelo.

“Me sentí cómplice.”

“No fuiste cómplice de nada.”

“Pero tú eras el médico.”

“Sí.”

“Debiste saber mejor que nosotros dónde estaba el límite.”

No intenté defenderme.

“Sí.”

Nora me observó en silencio.

“¿Y si te dejan volver? ¿Qué harás la próxima vez que un paciente te pida algo que sabes que no deberías conceder?”

Estuve a punto de prometer que jamás volvería a equivocarme.

Sonaba bonito.

También sonaba vacío.

“Antes de responder, pediré ayuda.”

“¿A quién?”

“Al jefe del servicio. Al comité de ética. A otro médico. A quien haga falta.”

Respiré.

“No volveré a decidir algo así solo porque crea que mis intenciones son buenas.”

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