“Quiero casarme.”
Parpadeé.
“¿Con quién?”
Alicia sonrió.
“Con usted.”
Creí que era una broma.
No lo era.
“Alicia, soy tu médico.”
“Lo sé.”
“Eso hace que sea imposible.”
Ella bajó la mirada.
“No estoy enamorada de usted, doctor. Y supongo que usted tampoco está enamorado de mí.”
“No se trata de eso.”
“Entonces escúcheme.”
Sus manos temblaban sobre la sábana.
“He pasado meses dejando que otras personas decidan todo. Cuándo me despiertan. Qué medicamento tomo. Qué puedo comer. Cuándo me pinchan. Cuándo mi familia puede entrar. Ahora todos me dicen que me quedan tres días.”
Respiró lentamente.
“Quiero decidir una sola cosa grande antes de morir.”
Aquella frase me persiguió durante horas.
Hablé con otro médico y transferí formalmente su atención clínica. Me repetí que eso solucionaba el problema.
No consulté al comité de ética.
No hablé con la dirección.