Me despidieron por salvar a un anciano sin identificación mientras mi mamá se quedaba sin medicinas; al amanecer, un hombre de traje llegó a buscarlo y el director del hospital descubrió a quién había dejado abandonado en una camilla

Yo conocía el apellido. Estaba en una placa del vestíbulo que había visto cientos de veces al pasar corriendo.

Nunca me había detenido a mirar la fotografía.

—Lo buscamos desde la tarde —explicó—. Un familiar comenzó a llamar a hospitales. Aquí nos dijeron que había ingresado un hombre sin identificar.

Sentí una vergüenza extraña, aunque yo no había hecho nada malo. Recordé el saco mojado, los zapatos llenos de tierra y la facilidad con que todos habíamos aceptado que aquel aspecto explicaba su vida entera.

—Está en observación —dije—. La doctora Salas logró estabilizarlo.

Gabriel volvió a mirar mi bolsa.

—¿Terminó su turno?

Me costó pronunciarlo.

—Me despidieron.

Adriana apareció al otro lado de las puertas. Había salido a buscarme.

Escuchó la última frase y se acercó.

—Por atenderlo —añadió—. La despidieron por no dejarlo sin ayuda.

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