Cuando pedí que la valoraran de nuevo, Cárdenas revisó su expediente.
—Primero resuelve lo del depósito.
Adriana esperó a que se alejara.
—Ya avisé a la doctora de guardia. Tú procura no enfrentarlo hoy.
Yo también quería pasar inadvertida. Necesitaba conservar el empleo. Necesitaba aquella quincena.
Entonces llegaron los paramédicos.
Traían a un hombre mayor, empapado, con los zapatos cubiertos de lodo. Lo habían encontrado desorientado cerca de una parada de autobús. No llevaba teléfono ni identificación.
Lo acomodamos en el cubículo cuatro.
Tenía las manos heladas y un pulso débil. Mientras le quitábamos el saco mojado, abrió los ojos.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
Tardó en responder.
—Ernesto.
—Soy Lucía, don Ernesto. Voy a ayudarlo.
Le puse una cobija y avisé a la médica de guardia. Él me sujetó los dedos con una fuerza inesperada.