En el pasillo, ella se detuvo.
—Perdóname por haberte dicho que bajaras la cabeza.
La abracé.
Tenía el uniforme arrugado y olía a café recalentado. Hasta ese momento no había notado cuánto necesitaba que alguien me sostuviera.
Antes de irme, volví a ver a don Ernesto.
Encontré una carpeta sobre la mesita de su habitación.
Pensé que eran formularios y me ofrecí a llamar a la enfermera responsable.
Él negó con la cabeza.
—Son para usted.
Dentro había información de un programa de becas de su fundación.
Levanté la mirada.
—¿Cómo supo que quería estudiar Medicina?
Adriana, que estaba detrás de mí, hizo un gesto de disculpa.
—Alguna vez tenías que dejar que alguien hablara bien de ti.
Me senté.
Don Ernesto explicó que la fundación podía cubrir la preparación para el examen, la colegiatura y una manutención. Yo tendría que cumplir los requisitos académicos como cualquier aspirante. La ayuda económica no dependía de seguir trabajando allí.