Pasé los dedos sobre la primera hoja.
Hacía años que no me permitía pensar seriamente en aquella posibilidad.
—Mi mamá… —empecé.
Él esperó.
Le hablé de las consultas, del medicamento, de los turnos que no podía perder.
Gabriel tomó una nota.
La fundación podía incorporar a mi madre a su programa de apoyo médico, con seguimiento y cobertura de los tratamientos indicados.
Lloré antes de poder agradecerlo.
No fue un llanto bonito. Me doblé sobre la carpeta y tuve que esperar a que me alcanzara el aire.
Don Ernesto no intentó detenerme.
Cuando pude levantar la cara, me mostró su anillo.
—Mi esposa era maestra. Antes de que tuviéramos dinero, ayudaba a sus alumnos con lo que hubiera en casa. Decía que esperar a tener de sobra era una buena manera de no ayudar nunca.
Miró hacia la puerta.
—Yo llevo años firmando informes de este hospital. Me avergüenza descubrir cuánto podía pasar sin que quisiera verlo.