Años después, el día que recibí mi título de médica, mi mamá llegó con un vestido azul que ella misma había arreglado.
Don Ernesto la acompañaba.
Al terminar la ceremonia, se acercó y me ofreció la mano.
Se la tomé. Reconocí el anillo, la piel delgada y aquella manera suya de apretar los dedos antes de hablar.
—Mucho gusto, doctora —me dijo.
Mi mamá empezó a llorar.
Yo miré las manos unidas y recordé la camilla, la cobija mojada y el instante en que había creído perder todo lo que nos sostenía.
Esta vez no había alarmas ni nadie ordenándome apartarme.