Cuando terminé, abrió un cajón.
Sacó la vieja alcancía.
Todavía conservaba el papel con las palabras que había escrito años atrás.
Pensé que me la daría vacía.
Pero la agitó y sonaron unas monedas.
—Fui juntando de a poquito —dijo—. Por si un día te animabas otra vez.
La abracé con tanto cuidado como si las dos pudiéramos rompernos.
Durante los meses siguientes, las promesas se convirtieron en citas médicas, recibos pagados y horas de estudio. También en cansancio. Volví a hacer guardias, preparé el examen y hubo noches en que dudé de mi capacidad para empezar de nuevo.
Don Ernesto se recuperó y siguió preguntando por nosotras.
El hospital abrió un fondo para pacientes que llegaban sin recursos. Cuando propusieron ponerle mi nombre, pedí que lo llamaran “Primero, la persona”.
No quería que otra enfermera necesitara encontrarse con un fundador disfrazado por la lluvia para poder hacer su trabajo.