Cuando me agaché, intentó alejarse.
—Tranquilo, hijo. No voy a correrte.
Apenas pudo decir su nombre: Nicolás.
Lo ayudé a entrar y pedí orientación médica por teléfono. Mientras llegaba ayuda, lo cubrí con mantas secas y permanecí a su lado. No quería que se quedara dormido sin saber si estaba fuera de peligro.
Después de que lo revisaron y pasó el susto, le preparé comida.
Miraba el plato sin tocarlo.
—No traigo dinero.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿qué tengo que hacer?
Todavía recuerdo el dolor que me produjo aquella pregunta.
—Comer, Nicolás. Ahorita solo tienes que comer.
Tenía dieciséis años. Había salido de una casa donde no estaba seguro y llevaba días buscando cómo seguir hacia Durango, donde vivía una tía.
No le pedí que me mostrara las marcas bajo la manga.
Lo que necesitaba aquella noche era descanso.