Me llamaron tonta por regalar el abrigo de mi esposo a un muchacho que encontré temblando junto a la basura; treinta años después, cuando llegaron las máquinas para derribar mi casa, cien motociclistas aparecieron con algo que creía perdido para siempre.

Más tarde sacó una libreta maltratada. Dibujaba motores con una precisión que me recordó las manos de Julián.

—Quiero aprender mecánica —murmuró.

Tuve que volverme hacia la estufa para que no me viera llorar.

Antes del amanecer fui por la chamarra.

Llevaba dos años colgada detrás de la puerta. Algunas noches hundía la cara en el cuello para buscar lo que quedaba de mi esposo.

La sostuve un momento.

Después se la llevé.

A Nicolás le quedaba enorme.

—Era de mi marido —le expliqué—. A él le habría gustado verte con algo bueno encima.

El muchacho acarició la piel con una delicadeza que me desarmó.

Logramos comunicarnos con su tía. Un chofer de confianza lo acercaría hasta donde ella pudiera recogerlo. Preparé tortas, fruta y guardé doscientos pesos en un bolsillo: casi todo lo que tenía para esa semana.

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