Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

Camila abrió la ventana apenas unos centímetros.

—¿Sabes qué sería muy conveniente? —murmuró—. Que una mujer desesperada por una enfermedad incurable decidiera terminar con todo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

No necesitaba empujarme en ese momento. Bastaba con construir la historia: depresión, deterioro mental, incapacidad, un accidente.

Entonces tomó un vaso de agua y tres cápsulas rojas.

—Pero Ricardo prefiere algo más limpio.

Me sujetó la mandíbula.

Yo ya no estaba completamente paralizada. El líquido que Andrés me había inyectado durante la noche había despertado pequeñas respuestas en mis músculos. Eran débiles, dolorosas, casi inútiles, pero existían.

Camila no lo sabía.

Cuando intentó obligarme a tragar las cápsulas, reuní toda la fuerza que tenía en el cuello y escupí el agua.

El líquido le cayó sobre el vestido.

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