Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

En el comedor seguía una pequeña marca en el piso.

Era del día en que dejé caer la taza de café y comenzó todo.

Me quedé mirándola.

Durante mucho tiempo había pensado que aquel momento fue el comienzo de mi desgracia.

Después entendí que mi tragedia había empezado mucho antes, cuando todos aprendimos a confundir cercanía con lealtad, apellido con amor y silencio con paz.

Mi padre desconfiaba de Andrés porque venía de una familia sencilla.

Y se equivocó.

Yo confiaba en Camila y Ricardo porque llevaban mi sangre o compartían la historia de mi familia.

Y también me equivoqué.

La persona que parecía tener más que ganar con mi muerte fue quien arriesgó todo para mantenerme viva.

Y la persona que lloraba llamándome “hermanita” fue quien no soportó vivir sin ser la protagonista.

Desde entonces, cuando alguien me pregunta qué fue lo más doloroso de quedar atrapada dentro de mi propio cuerpo, no digo que fue la parálisis.

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