Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

—Aguanta un poco más, mi amor. Esto tiene que terminar esta noche.

El monitor lanzó un pitido largo.

Mi visión se apagó.

Pensé que mi padre había tenido razón desde el principio.

Pensé que mi esposo había esperado cinco años para quedarse con la empresa.

Y antes de perder por completo la conciencia, escuché unos pasos del otro lado de la puerta… y una voz de mujer que conocía demasiado bien.

Era Camila.

No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir.

PARTE 2

Desperté con el sol entrando por las persianas y una sola certeza: seguía viva.

Andrés había desaparecido.

La línea del suero era nueva y no quedaba rastro del líquido negro. Intenté moverme, pero mi cuerpo seguía rígido. Entonces la puerta se abrió.

Entraron Camila y el doctor Ricardo.

—Tu hermana pasó una noche muy complicada —dijo él, revisando mis pupilas—. La enfermedad está avanzando.

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