Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

Camila se cubrió la boca y comenzó a llorar.

Habría creído en esas lágrimas si no hubiera escuchado su voz afuera de mi habitación unas horas antes.

Ricardo preparó otra inyección, esta vez con un líquido amarillento.

—Esto te ayudará a descansar.

Segundos después de recibirlo, las paredes comenzaron a deformarse. Las luces parecían moverse y escuché susurros que no existían.

Ricardo guardó la jeringa y salió.

En cuanto la puerta se cerró, Camila dejó de llorar.

Su rostro cambió por completo.

—Qué triste verte así, Vale —susurró—. Papá siempre dijo que tú eras la fuerte. La indicada. La que sabía dirigir. Y mírate ahora.

Se inclinó hasta quedar junto a mi oído.

—La empresa ya está prácticamente bajo mi control. Ricardo hizo los certificados necesarios. El consejo cree que sufriste un deterioro irreversible y que no tienes capacidad para tomar decisiones.

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