Sentí un frío más intenso que el medicamento.
Camila sonrió.
—No llegarás a la asamblea de fin de mes.
Quise moverme. Golpearla. Hacer cualquier cosa.
—¿Y Andrés? —habría gritado si hubiera tenido voz.
Como si pudiera leerme el pensamiento, ella añadió:
—Y tu marido ya no es un problema. Anoche lo sacaron de la clínica. Insistía demasiado en revisar tus medicamentos.
Ahí algo dejó de encajar.
Si Andrés quería matarme, ¿por qué Camila necesitaba sacarlo?
Cuando por fin se fue, recordé un secreto.
Tres semanas antes, cuando aún podía mover parcialmente la mano, había empezado a sospechar que mi deterioro empeoraba después de ciertas visitas del doctor Ricardo. Le pedí a una enfermera joven que me comprara un teléfono barato. También hice que un antiguo técnico de confianza colocara una diminuta cámara dentro de una maceta decorativa frente a mi cama.