Luego sacó el teléfono y leyó un mensaje.
Alcancé a distinguir dos palabras en la pantalla:
“ANTÍDOTO. URGENTE.”
Se me cortó la respiración.
Andrés no había entrado a matarme.
Había entrado a salvarme.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
Camila estaba de regreso.
Y esta vez venía empujando una silla de ruedas.
PARTE 3
Camila cerró la puerta con el pie y dejó la silla junto a mi cama.
—Pensé que te vendría bien cambiar de vista —dijo con una dulzura falsa—. Tanto techo blanco debe aburrirte.
Yo escondí el teléfono bajo mi muslo justo antes de que se acercara.
Me levantó sin cuidado y me sentó en la silla. Después me llevó hasta el ventanal de la habitación, desde donde se veía buena parte de Santa Fe. Ocho pisos más abajo, los autos parecían juguetes.