Me tiró la comida al suelo porque creyó que una sargento desconocida no merecía aquella mesa; entonces un general se acercó, pronunció mi nombre y reveló por qué llevaba años escondiendo una pequeña caja en el fondo de mi mochila.

Lo que nunca aprendí fue a sentirme cómoda cuando alguien me llamaba valiente.

Aquella mañana conocí al capitán Armando Barragán antes de entrar al comedor.

Estaba reprendiendo a una soldado junto al edificio administrativo. Su voz llegaba hasta el otro lado de la explanada.

La muchacha permanecía inmóvil mientras él señalaba una manga mal acomodada y convertía un detalle corregible en una explicación sobre su supuesta falta de disciplina.

Los demás pasaban mirando hacia cualquier parte.

Cuando el capitán se marchó, me acerqué.

La soldado tenía los ojos brillantes.

—Permíteme —le dije.

Arreglé la manga en unos segundos.

Su apellido era Molina.

—Gracias, sargento.

—Si hay algo que corregir, se corrige. No significa que no sirvas.

Respiró como si acabara de quitarse un peso del pecho.

Después me dirigí al comedor.

Había filas de mesas, conversaciones cruzadas y olor a frijoles. Recogí mi charola y busqué un lugar.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *