Llovía cuando empujé la puerta metálica de la bodega.
Tomás estaba en una camilla, extremadamente pálido, conectado a un tanque portátil. Su respiración era tan leve que tuve que acercarme para comprobar que seguía vivo.
—Tome… soy yo.
No respondió.
Mauricio apareció entre unas cajas con una tabla, varios documentos y una pluma.
—Llegaste. Firma que la donación se hizo bajo presión. Luego llamas a tu mamá y le ordenas que entregue la escritura.
—Yo ya no soy la propietaria.
—Tu mamá hará lo que tú le digas.
Me acerqué a Tomás.
—Necesita un hospital.
Mauricio me sujetó de la muñeca.
—Primero firmas.
Hablé más fuerte, para que el micrófono captara cada palabra.
—¿Sacaste a tu hermano inconsciente de un hospital para cambiarlo por una casa?
—No me vengas con moral. Si él me hubiera ayudado como debía, yo no estaría debiendo casi cinco millones.