Fue entonces cuando entendí que no existía ningún argumento capaz de cambiarla. No estaba defendiendo a “la familia”. Estaba usando esa palabra para justificar a su hijo favorito.
Mauricio, nervioso, soltó algo que terminó de hundirlos.
—¡Tú fuiste la que me dijo que lo sacara del hospital para obligarla!
Teresa giró hacia él.
—¡Cállate!
Demasiado tarde.
Todo había quedado transmitido.
Intenté acomodar la mascarilla de oxígeno de Tomás, pero Mauricio me bloqueó.
—No lo toques hasta que firmes.
En ese momento se escucharon gritos afuera.
No eran todavía los policías.
Eran tres hombres a quienes Mauricio debía dinero. Lo habían seguido.
—¡Nos prometiste pagar hoy!
Uno lo empujó. Otro golpeó una mesa. La bodega se convirtió en caos. Un tanque rodó por el piso y la manguera de Tomás se tensó.
Me lancé sobre la camilla para sostener la mascarilla.