—¡Déjenlo! ¡Él no les debe nada!
Segundos después entró la policía.
Los agentes separaron a todos. Los paramédicos corrieron hacia Tomás. Cuando iban a subirlo a la ambulancia, sus párpados se movieron.
Me incliné.
—Tomás, aquí estoy.
Abrió los ojos apenas un instante.
—Isa…
Solo dijo mi nombre.
Para mí fue suficiente.
Regresó al hospital con una descompensación grave por el traslado y la falta de atención. Durante dos días volvimos a vivir al borde de la tragedia. Yo dormía sentada. Mi mamá cuidaba a Camila y la llevaba a verlo únicamente cuando los médicos lo permitían.
La niña siempre llegaba con un dibujo.
—Ponlo donde papá pueda verlo.
Al tercer día, Tomás abrió los ojos de verdad.
El neurólogo me llamó temprano. Entré corriendo. Él tardó unos segundos en enfocar la mirada, pero me reconoció.