Entregué todo al director médico y a Alejandro. El hospital apartó al doctor Paredes, restringió visitas y presentó un reporte.
Creí que por fin Tomás estaba protegido.
Dos noches después bajé diez minutos por algo de comer.
Cuando regresé, su cama estaba vacía.
Había una supuesta orden de traslado a otra clínica, con mi firma falsificada.
El abogado llamó a la policía. Las cámaras mostraron una ambulancia privada saliendo por una puerta lateral.
Entonces sonó mi teléfono.
Era Mauricio.
—Si quieres volver a ver vivo a tu marido, dile a tu mamá que lleve la escritura. Y tú vas a firmar que Tomás fue obligado a donar la casa.
Detrás de su voz escuché el sonido débil y rítmico de un tanque de oxígeno.
Y comprendí que ya no estaban peleando por una propiedad.
Habían convertido a mi esposo inconsciente en rehén.