—Está sacando todo de contexto —dijo Diego—. Está obsesionada.
—Dijiste que después de que naciera la niña podrías arreglar todo para volver conmigo —continuó Camila—. ¿Arreglar qué?
—¡Se acabó la fiesta! ¡Fuera todos! —gritó él.
Nadie se movió.
Mi hermano Julián cerró la puerta del comedor por dentro.
No para encerrar a Diego.
Para que nadie huyera.
Camila me miró ya sin superioridad, con culpa.
—Valeria… ¿él te explicó qué quería hacer con esta casa?
Diego se puso blanco.
—No sabes lo que dices.
—Tengo la idea exacta que tú me diste —respondió ella—. Hace dos meses me buscó para reabrir el restaurante que teníamos. Dijo que había conseguido capital.
—¿Qué capital?
—Un crédito por cuatro millones ochocientos mil pesos. Me enseñó el borrador. Dijo que pondría esta casa como garantía.
Mi suegra se levantó.
—¡Diego! ¡Esta casa no es tuya!