Treinta y seis años atrás, él y mi madre se habían querido con la intensidad de dos jóvenes que creen que el mundo les pertenece. Cuando a él lo destinaron al extranjero en una misión de meses, ella descubrió que estaba embarazada. Las cartas se perdieron, las llamadas se cortaron y el orgullo hizo el resto. En una última conversación, herida y asustada, Beatriz le dijo que había perdido al bebé para que él no regresara por obligación.
—Me dolió tanto que nunca volví a buscarla —me confesó—. Hasta que, hace tres años, recibí una carta suya. Ya estaba enferma. Me dijo que tenía una hija, que se llamaba Elena, y me pidió perdón. También me pidió que, si algún día hacía falta, cuidara los bosques de Pinar Alto.
Aurelio se mudó cerca y se ofreció como voluntario de rescate en la zona. Nunca se atrevió a presentarse. Aquella madrugada vio el humo desde la ladera y manejó hasta la cabaña sin saber que dentro estaba la hija que creía no tener.
Un nombre en silencio