Mateo nació esa misma noche, pequeño pero sano. Cuando desperté, Aurelio estaba junto a la incubadora con los ojos enrojecidos. Y entonces llegó la noticia: la prensa informaba que Elena Duarte y su hijo habían muerto en el incendio de Pinar Alto. Ricardo ya había organizado el homenaje.
Mi primer impulso fue llamar a la policía de inmediato. Aurelio me detuvo con una frase serena:
—Si apareces hoy, dirá que estás confundida por el trauma. Necesitamos pruebas que no se puedan negar.
Y las teníamos. La cámara frontal del vehículo de rescate había grabado la camioneta de Ricardo alejándose de la cabaña a las 2:20, sin luces, y los candados exteriores de las puertas aparecían intactos entre los escombros. Mi abogado de confianza, Félix Granados, que había trabajado con mi madre, llevó todo a una fiscal. Dos días más tarde, un perito confirmó que el incendio no tuvo origen en el gas.
El homenaje que nunca terminó