El bolígrafo se deslizó sobre el papel sin temblar.
Elena Monroe.
Mi nombre.
Completo.
Libre.
Después de firmar, Adrián me siguió hasta el pasillo.
—Elena.
Me detuve.
—¿Qué?
—¿Alguna vez me amaste?
La pregunta llegó tarde.
Tan tarde que casi no dolió.
—Sí.
Su rostro se contrajo.
—Entonces ¿cómo pudiste irte tan fácil?
Lo miré con calma.
—No fue fácil. Solo lo viste cuando ya había terminado.
Él bajó la cabeza.
—No pensé que fueras tan fuerte.
—Ese fue tu error. Creíste que mi silencio era debilidad.
Adrián respiró hondo.
—¿Hay alguna posibilidad de que un día me perdones?
Pensé en ello.
No porque dudara.
Sino porque quería responder sin rabia.
—Tal vez algún día deje de recordar tu voz gritándome que me fuera sin nada. Pero eso no significa que puedas volver a entrar en mi vida.