Al día siguiente se repitió. Cuando Joaquín subió a cambiarse, se lo pedí con suavidad: que se pusiera una bata antes de bajar.
—Es tu esposo, Natalia, no un adolescente que nunca vio a una mujer. ¿Cuál es el problema?
—Que me incomoda. Solo eso. Es mi casa y te pido que no lo hagas.
—Está bien —dijo, encogiéndose de hombros.
A la mañana siguiente estaba otra vez en la cocina con la toalla, descalza, preguntándole a Joaquín si quedaba café. Ese fue el día en que él se fue con su taza y ella me preguntó qué le pasaba.
—Te pedí que dejaras de hacerlo —le dije.
—Y sigo sin entender por qué te importa tanto. Si confiaras en Joaquín…
—No se trata de él. Se trata de una hermana que no respeta un límite.
Entonces sonrió. Una sonrisita casi satisfecha.