—Tómalo como una prueba. Si Joaquín puede caer solo porque una mujer pasa en toalla por la cocina, ¿no prefieres saberlo ahora? Yo no lo estoy provocando: estoy comprobando si se deja provocar. Si falla, es culpa de él. Si tu matrimonio no aguanta una toalla, el problema es tu matrimonio.
Esa era la niña a la que yo le curaba las rodillas raspadas. La que dormía conmigo cuando había tormenta.
Joaquín elige no participar
Esa noche se lo conté todo a Joaquín mientras cargaba el lavavajillas. Cuando escuchó la palabra “prueba”, se quedó quieto.
—Creo que me voy a mantener al margen —dijo—. Es tu hermana. Si me meto, lo va a convertir en algo sobre mí. Quiere una reacción. Si no se la doy, se va a aburrir.
Tenía lógica. No funcionó.
Brenda no se aburrió: subió la apuesta. Empezó a calcular. Esperaba a escuchar la cafetera y recién ahí bajaba. Joaquín se levantaba y se iba al patio, a la cochera, a cualquier lado. Y ella lo observaba como quien anota resultados en una libreta. Yo repetía lo mismo cada mañana; ella contestaba lo mismo: que exageraba, que era solo una toalla, que era mi inseguridad.