Para el sábado ya ni siquiera estaba enojada. Estaba agotada de defender el límite más simple del mundo dentro de mi propia casa.
El domingo, la otra prueba
El domingo yo untaba mantequilla en unas tostadas y Joaquín leía las noticias en su tablet. Escuché los pies descalzos en la escalera. Brenda apareció en la puerta. La misma toalla. La misma sonrisa.
—Brenda…
Joaquín me tocó la muñeca.
—Espera. Déjame a mí.
Por primera vez en una semana, no se fue. Se levantó, apoyó el café en la barra, se cruzó de brazos y la miró de frente. Brenda casi se iluminó: llevaba días esperando eso.
—Llevas toda la semana diciendo que esto es una prueba, ¿no?
—Exacto.
—Bien. Entonces, felicidades.
—¿Por qué?
—Aprobaste.
—¿Aprobé qué?
—Mi prueba. La de si ya estás lista para vivir con compañeras de casa.