Puso su teléfono sobre la barra, frente a ella. Brenda lo agarró y en segundos se puso roja como un tomate. Eran anuncios de cuartos en renta.
—¿Me estás buscando departamento?
—Cuartos —corrigió él—. No departamentos.
—¡No puedes hacer eso, Joaquín! Natalia, ¿vas a dejar que tu esposo me eche estando sin trabajo y sin dinero?
Aparté las tostadas del fuego antes de que se quemaran.
—Nadie te está echando. Pero un arreglo temporal necesita un final. Por eso se llama temporal. Te pedí algo en mi casa, más de una vez, y en lugar de respetarlo decidiste que yo tenía que convencerte de que mi límite era razonable.
—¡Y tú me tratas como si fuera peligrosa! —le gritó a Joaquín—. ¡Sales corriendo cada vez que entro!
—La primera vez me fui porque no sabía dónde mirar —respondió él, tranquilo—. Después de que Natalia te pidió que pararas y seguiste, me iba por otra razón: no pensaba ser parte de tu experimento. Querías usarme como prueba en una pelea con mi esposa. Cada vez que armabas la escena, yo me salía de ella. Eso no era tentación. Era negarme a ser tu utilería.