Camila había hecho lo que le enseñamos a todos los niños.
Vio algo malo.
Se lo dijo a un adulto.
Y el sistema que debía protegerla le mostró al agresor exactamente dónde mirar.
Cuando se lo expliqué a Camila, no mencioné cada detalle.
Tenía ocho años.
No necesitaba cargar con la corrupción emocional de los adultos.
Pero había una pregunta que seguía persiguiéndola.
—¿Fue por mi culpa?
—No.
—Pero si yo no hubiera dicho nada…
—Camila.
Me miró.
—Mírame bien. Tú viste que estaban lastimando a alguien más y pediste ayuda. Eso fue valiente. Lo que hicieron después fue decisión de ellos. Lo que hicieron los adultos también fue decisión de los adultos.
Guardó silencio.
—Entonces los adultos se equivocaron.
—Sí.
Decirlo fue difícil.
Pero era la verdad.
Yo podía inventarle un mundo donde los adultos siempre saben qué hacer.